La Navidad: Una realidad conflictiva

LA NAVIDAD ES UNA FUENTE de con­flictos. Creyentes y no creyentes se po­nen de acuerdo, por una sola vez y sin que sirva de precedente, en celebrar algo al mismo tiempo y por todo lo alto, pero esto genera varias paradojas.

La mayor paradoja de la Navidad

Por una parte, muchos cristianos se sienten in­cómodos con la carga de paganismo que contiene esta festividad: Jesús no nació un 25 de diciembre, sino que esa fecha se heredó de la celebración secular del solsticio de invierno; el árbol de Navidad es un símbolo que nada tiene que ver con el relato bíblico; el frenesí consumista que se observa en las ca­lles y que se incrementa año tras año se opone al espíritu sencillo y humilde de Cristo, a quien paradójicamente celebramos; las comilonas de No­chebuena son un derroche desprovisto de toda moderación espiritual. Tanta es la incomodidad de muchos creyentes con esta fiesta que prefieren rechazarla, convencidos de que la iglesia no debe­ría participar de ella. Entonces, durante esos días, muestran un espíritu como cualquier otro, dándole la espalda al espíritu familiar y humanitario de la sociedad en general.

Por otra parte, no es menor la incomodidad que experimenta la mente secular. ¿Qué le puede expli­car un padre ateo o agnóstico a su hijo cuando, escuchando la música del centro comercial, le pre­gunta por qué la noche de paz anunciaba al niñito Jesús? -¿Y quién es el niñito Jesús? ¿Cómo pue­de el no creyente soportar tanta película con temá­tica religiosa que pasan por la televisión en estos días? ¿Qué debe responder cuando lo invitan a la misa del gallo sus amigos católicos, o a un concier­to especial en la iglesia sus amigos protestantes? ¿Cómo despojar de su trasfondo cristiano esta cele­bración que tanto disfruta con familiares y amigos?

Fe versus ateísmo

El contraste entre la mentalidad creyente y la atea se ve muy bien plasmado en algo que sucedió en 1961, tras el primer viaje de la historia al espacio exterior. Yuri Gagarin fue el astronauta protagonista de esa hazaña financiada por el gobierno ruso. Ni­kita Kruchev, el entonces dirigente de la Unión So­viética, afirmó: «Gagarin estuvo en el espacio, pero no vio ningún Dios allí». En respuesta a este co­mentario, C. S. Lewis, el célebre autor cristiano, es­cribió: «Si existe un Dios que nos ha creado, no po­demos descubrirlo yendo al espacio, porque Dios no se relaciona con la humanidad de la forma en que se relacionaría el vecino de arriba con el vecino de abajo del mismo edificio. Dios se relaciona con nosotros de la manera en que el creador del mundo de Hamlet se relaciona con Hamlet. Lo único que Hamlet puede saber de su creador, William Shakes­peare, es lo que este decida revelarle sobre sí mismo a lo largo de la obra. De igual modo, la única forma que tenemos nosotros de conocer a Dios depende de que él se revele a sí mismo» Y eso es exacta­ mente lo que sucedió en la «Natividad» palabra de la que deriva «Navidad»-. Aquella noche en la que nació Jesús -fuera cual fuera el día del año-, Dios estaba revelándose a sí mismo. Así es como decidió relacionarse con la humanidad.

Uno, como cristiano, tiene dos opciones a la hora de tomar una decisión respecto a si celebrar o no la Navidad: 1) adoptar una posición «tipo Kru­chev» y razonar así: «Esta fecha de celebración na­videña, rodeada como está de símbolos paganos, ha de ser rechazada por completo porque por ninguna parte se ve a Dios»; o 2) enfocarlo como lo hizo la autora inspirada Elena G. de White y pensar así: «En vista de que el 25 de diciembre se celebra el nacimiento de Cristo, y en vista de que por precepto y por ejemplo se ha enseñado a los niños que es en verdad un día de alegría y regocijo, les resultará di­fícil pasar por alto esa fecha sin dedicarle cierta atención. Es posible valerse de ella para un buen propósito. [ .. ] En vez de ser ahogado y prohibido arbitrariamente, el deseo de divertirse debe ser con­trolado y dirigido por esfuerzos esmerados de parte de los padres. Su deseo de hacer regalos puede ser desviado por cauces puros y santos, a fin de que beneficie a nuestros semejantes al abastecer la tesorería con recursos para la grandiosa obra que Cristo vino a realizar en este mundo» 

Sea cual sea la actitud que tome el cristiano ante esta fecha, el «espíritu navideño» ha de refle­jarse en una conducta ejemplar los 365 días del año, lo cual incluye el período que nos ocupa. Esto haría mucho más creíble la Navidad para la mente secular, y la estimularía a ver la necesidad de tener también un espíritu más familiar, más cor­dial y más tierno durante unos días -y; con suerte, el resto del año-. Al menos así fue como influyó sobre mí cuando yo era secular, agnóstica y remisa a cualquier cosa que tuviera que ver con religión; pero no insensible al calor humano y a la influencia de una persona realmente convertida.

Los conflictos se remontan al mismo comienzo

Los conflictos que rodean la Navidad no son nada nuevo, sino que se remontan al mismo naci­miento de Cristo -que es lo que celebramos en es­tas fechas-. Tal suceso estuvo rodeado de conflic­tos, comenzando con los antepasados suyos que presenta Mateo en el primer capítulo de su Evange­lio. ¿Qué hacen ahí Rahab, Rut, David y Salomón? ¿Acaso no era Rahab una prostituta, Rut una paga­na, David un adúltero asesino y Salomón un muje­riego empedernido? Hablando de conflictos, me­nudo curriculum vitae más conflictivo heredó Jesús incluso antes de nacer.

Pero los conflictos no terminaron ahí. La madre de jesús se quedó embarazada sin estar casada; la noche del parto los encontró muy lejos de su hogar, y no por decisión propia sino por conflictos socio­ políticos; en la posada no había dónde quedarse más que con las bestias, en el establo; incluso la máxima autoridad civil, Herodes, tuvo un conflicto con ese nacimiento de un supuesto «rey», y por eso mandó matar a todos los niños inocentes (tremen­da manera de resolver los conflictos).

Creo que hay un mensaje claro detrás de todo esto: no vivimos en un mundo perfecto, sino en un mundo en conflicto que necesita un Salvador. Nuestras vidas no son vidas perfectas, sino vidas en conflicto que piden a gritos un Sal­vador. Por eso precisamente, porque la vida era -y sigue siendo- un conflicto; porque este mundo estaba -y sigue estando— sumido en la oscuridad, se hizo necesario el nacimiento del que vino a traer la luz (ver Mateo 4: 16). Y qué paradójico que, tanto para cristianos como para secu­lares, la Navidad tiene que ver, básicamente, con la luz; lu­ces en las calles, luz en el corazón.

El mensaje es para ti

¿Cómo te encuentra este año la época navideña? ¿Ha sido este, tal vez, tu mejor año? Entonces, tienes tremendo motivo para celebrar. ¿O es, tal vez, tu primera Navidad tras la muerte de tu madre y lo que quieres es encerrarte a llorar y no tener que sufrir esas largas y tediosas reuniones familiares? ¿Ha sido el 2017 el año de tu divorcio, y tienes que ir solo o sola a dar la cara y responder una retahíla de preguntas incómodas? ¿Se ha ido de casa tu hijo y no sabes cómo contactarlo para que vuelva? ¿La crisis económica te ha dejado sin trabajo y no tienes dinero ni para el menú na­videño? ¿Todas tus expectativas para el 2017 se han visto frustradas, así como las resoluciones de año nuevo que hi­ciste hace doce meses? Entonces, el mensaje del pesebre es para ti. Esta es otra de las grandes paradojas de esta época: que los que sufren -cuando todos los demás están con­tentos- son precisamente los que tienen el «espíritu ideal» para valorar y celebrar correctamente la llegada del Mesías. ¿Por qué? Porque son los que más necesidad sienten de un Salvador que sepa entender su dolor y darle esperanza.

Ese Salvador es Jesús, Dios con nosotros. Cuando nació él, nació nuestra esperanza; llegó la luz a este mundo. Pero no la luz pasajera que alumbra las calles, sino la luz verda­dera que alumbra el camino. Jesús conoce nuestra realidad, llena de conflictos, porque la suya también estuvo plagada de dificultades, pobreza, decepción, traiciones, injusticia, torturas y muerte en la cruz. Por eso, para mí, tiene sentido celebrarlo, siempre y cuando sea con un espíritu acorde al suyo. y no necesariamente el 25 de diciembre, sino todos y cada uno de los días del año.

Autor: Mónica Díaz, tomado de la Revista Prioridades.

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