Rebautismo

Rebautismo 

El rebautismo se menciona específicamente sólo en un pasaje bíblico
(Hech. 19:1-7), donde el apóstol Pablo lo apoya para un grupo de unos doce
(12) creyentes que habían sido bautizados en el bautismo de Juan, que
era el bautismo de arrepentimiento. Pero, además del arrepentimiento, el
bautismo cristiano está asociado con el claro y personal entendimiento de
un compromiso con el evangelio, con las enseñanzas de Jesús y con la recepción
del Espíritu Santo. Con esta mayor comprensión y compromiso,
era aceptable que fueran rebautizados.

Rebautismo de conversos provenientes de otras comuniones cristianas.
Con esa orientación bíblica, las personas de otras comuniones cristianas
que abrazan el mensaje adventista del séptimo día pueden, si lo desean
y si fueron antes bautizadas por inmersión, solicitar ser rebautizadas.
Los siguientes ejemplo sugieren que en esos casos el rebautismo puede no
ser requerido. Evidentemente el ejemplo citado en Hechos 19 fue un caso
especial, porque se dice que Apolos había recibido el bautismo de Juan
(Hechos 18:25) pero no hay registro alguno de que haya sido rebautizado.
Y, aparentemente, algunos de los apóstoles recibieron también el bautismo
de Juan (Juan 1:35-40), pero tampoco hay registro de un subsecuente
bautismo. 

Sin embargo, sobre la base de la aceptación de nuevas y significativas
verdades, Elena de White apoya el rebautismo cuando el Espíritu induce
al nuevo creyente a pedirlo. Esto está de acuerdo con el pensamiento desarrollado
en Hechos 19. Las personas que previamente experimentaron
creer en el bautismo deben evaluar su nueva experiencia religiosa y determinar
si el rebautismo es para ellos deseable. No se los debe urgir a rebautizarse.
“Este [el rebautismo] es un tema acerca del cual cada individuo debe
decidir concienzudamente en el temor de Dios. Este tema debe ser presentado
cuidadosamente con espíritu de ternura y amor. Además, el deber
de instar no pertenece a uno, sino a Dios; dad a Dios una oportunidad de
obrar con su Santo Espíritu sobre la mente, de manera que la persona se
convenza perfectamente y esté satisfecha de dar este paso avanzado” (El
evangelismo, p. 274)

Apostasía y rebautismo. Aunque es evidente que la apostasía existía
MIEMBROS DE IGLESIA 43
en la iglesia apostólica (ej. Heb. 6:4-6), la Escritura no menciona nada en
cuanto a la cuestión del rebautismo. Elena de White apoya el rebautismo
cuando los miembros cayeron en apostasía, y vivieron de tal manera que la
fe y los principios de la iglesia fueron violados públicamente. Entonces deben,
en caso de que se conviertan de nuevo y soliciten ser aceptados otra
vez como miembros, entrar a la iglesia como al principio, mediante el bautismo. 

“El Señor pide una reforma decidida. Y cuando un alma en verdad se
ha convertido de nuevo, debe ser bautizada otra vez. Renueve ella su pacto
con Dios, y Dios renovará su pacto con ella” (El evangelismo, p. 275).

Claramente, a lo que se refiere aquí no es a un recurrente reavivamiento
en la experiencia del creyente, sino a un radical cambio de vida
(véase El evangelismo, pp. 273-275)

Rebautismos inapropiados. Sobre la base de la enseñanza bíblica y
los lineamientos de Elena de White, el rebautismo debe ocurrir sólo en circunstancias
especiales y debe ser relativamente raro. Administrarlo repetidamente,
o sobre una base emocional, hace que se pierda el significado del
bautismo y representa una mala comprensión de la gravedad y significación
que la Escritura le asigna. Un miembro cuya experiencia espiritual se
enfrió necesita un espíritu de arrepentimiento que lleva al reavivamiento y
la reforma. Esta experiencia será seguida por la participación en la ordenanza
del lavamiento de los pies y de la Cena del Señor para significar renovada
limpieza y compañerismo en el cuerpo de Cristo. Por lo tanto, el rebautismo
no es necesario. 

Apropiadamente aplicado, el bautismo llega a ser la avenida de entrada
en la iglesia. El bautismo es fundamentalmente el voto de entrada al
convenio salvífico de Cristo, entendiendo que es permanente, y debe ser
tratado como una gozosa y solemne bienvenida a la familia de Dios.

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